El escape
Hace
ya unos 35 años contaba mi abuela, cuando vivía en San gil, a pesar de que era
nueva en el pueblo, ya que vivían constantemente cambiando de hogar, porque su
padre era policía, y lo reasignaban frecuentemente, siempre se fue una persona amable
y carismática, y el hacer amigos no le era muy difícil. A pocas cuadras de su
casa vivía un muchacho recién graduado del colegio, y al parecer cuenta mi
abuela con una sonrisa en la cara, aquel joven se le veía la fuerza de la
juventud y la voluntad de un cambio significativo en su vida, algo así como no
quedarse para siempre en el pueblo. A medida que pasaba el tiempo, iba
conociendo más gente, e inevitablemente, llegaría el momento en que tendría que
conocer a aquel muchacho con tanto ímpetu por la vida. Sin embargo, no fue de
manera directa, fue por medio de uno de los tantos hermanos del muchacho, que
al fin tuvieran la oportunidad de hacerlo.
Paró
por un momento el relato para
refrescarse con un vaso de agua y continuó. Al principio no fue gran cosa
cuando se conocieron, ya que había una brecha que los separaba enormemente, y
era su primera impresión, a pesar de que era favorable, no era lo suficiente
como para entablar una conversación larga. No obstante, él se mostró agradado
por haberla conocido, y de cierta forma dice mi abuela, interesado.
Pasaron
semanas y hablaban más y más frecuentemente, se hicieron buenos amigos. Ella le
contaba de sus aspiraciones y sueños, y él hacía lo mismo, y compartían un
deseo en común, no quedarse en el pueblo. Él poco a poco se hacía más amable y
cariñoso, a veces le regalaba un dulce o una fruta cuando se encontraban para
charlar un rato, y el interés seguía creciendo. Sin embargo, a ella le
preocupaba que llegaría el momento en que él destapara sus verdaderos sentimientos,
y por obediencia a su padre, tuviera que rechazarlo, ya que a pesar de ser
todavía muy joven, 17 años, no pudiera ser un poco más liberal con ese deseo de
compartir un sentimiento con alguien.
Volvió
a parar el relato, se acomodó mejor en la silla, y su cara denotó un poco de
pena y nerviosismo, y yo por el contrario, estaba concentrado en lo que me
contaba, y hasta emocionado. Retomó la historia, diciendo que una noche común y
corriente, un día como cualquier otro, cuando siempre salía a charlar un rato,
él estaba esperando, pareciera que llevaba bastante tiempo allí. Ella se acercó
para saludarlo normalmente, y se dio cuenta de que él tenía una cara de pena,
pero con una determinación para hacer algo, y no se hizo esperar aquella
determinación. Luego de saludarse, él sin ningún rodeo confesó lo que sentía,
la amaba profundamente, pero se mostraba impotente ante la idea de separarse,
ya que dentro de poco tendría que viajar a Bucaramanga para comenzar una nueva
vida, sin embargo, él en un impulso por no dejar que aquella oportunidad se le
escapara de las manos, propuso que se fueran juntos a la ciudad. Para mí, dice
mi abuela, fue emocionante y triste, ya que saber que alguien sentía tanto por
mí me hacía feliz, pero el tener que rechazar por temor a desobedecer a mi
padre me frustraba. Así que, inevitablemente lo rechazó, aunque en el fondo de
su corazón, también amaba fervientemente.
Pasaron
varios días sin verlo, y al cabo de una semana, cuando ella estaba en casa, y
antes de irse a dormir, salió un momento a la puerta de la casa, solo a
observar quién pasaba por ahí, y allí al otro lado de la calle estaba él,
montado en una cicla, esperando. Ella con una cara de extrañeza, cruzó la
calle, y él de un impulso y sin saludar, le dio un beso. Le dijo que estaba
allí por ella, que estaba esperando una respuesta, y que tenía toda la
esperanza del mundo en que todo saldría como los dos querían.
El
dejarlo todo por amor fue una idea que pasó por su cabeza, y así fue, de una
forma que quizá solo pase en los libros, o en las películas, ella se subió en
el tubo central de la cicla, y él con la voluntad de un futuro próspero pedaleó
con fuerza, con valor, con determinación, con amor.