miércoles, 16 de octubre de 2013

El escape

El escape

Hace ya unos 35 años contaba mi abuela, cuando vivía en San gil, a pesar de que era nueva en el pueblo, ya que vivían constantemente cambiando de hogar, porque su padre era policía, y lo reasignaban frecuentemente, siempre se fue una persona amable y carismática, y el hacer amigos no le era muy difícil. A pocas cuadras de su casa vivía un muchacho recién graduado del colegio, y al parecer cuenta mi abuela con una sonrisa en la cara, aquel joven se le veía la fuerza de la juventud y la voluntad de un cambio significativo en su vida, algo así como no quedarse para siempre en el pueblo. A medida que pasaba el tiempo, iba conociendo más gente, e inevitablemente, llegaría el momento en que tendría que conocer a aquel muchacho con tanto ímpetu por la vida. Sin embargo, no fue de manera directa, fue por medio de uno de los tantos hermanos del muchacho, que al fin tuvieran la oportunidad de hacerlo.
Paró por un momento el relato  para refrescarse con un vaso de agua y continuó. Al principio no fue gran cosa cuando se conocieron, ya que había una brecha que los separaba enormemente, y era su primera impresión, a pesar de que era favorable, no era lo suficiente como para entablar una conversación larga. No obstante, él se mostró agradado por haberla conocido, y de cierta forma dice mi abuela, interesado.
Pasaron semanas y hablaban más y más frecuentemente, se hicieron buenos amigos. Ella le contaba de sus aspiraciones y sueños, y él hacía lo mismo, y compartían un deseo en común, no quedarse en el pueblo. Él poco a poco se hacía más amable y cariñoso, a veces le regalaba un dulce o una fruta cuando se encontraban para charlar un rato, y el interés seguía creciendo. Sin embargo, a ella le preocupaba que llegaría el momento en que él destapara sus verdaderos sentimientos, y por obediencia a su padre, tuviera que rechazarlo, ya que a pesar de ser todavía muy joven, 17 años, no pudiera ser un poco más liberal con ese deseo de compartir un sentimiento con alguien.

Volvió a parar el relato, se acomodó mejor en la silla, y su cara denotó un poco de pena y nerviosismo, y yo por el contrario, estaba concentrado en lo que me contaba, y hasta emocionado. Retomó la historia, diciendo que una noche común y corriente, un día como cualquier otro, cuando siempre salía a charlar un rato, él estaba esperando, pareciera que llevaba bastante tiempo allí. Ella se acercó para saludarlo normalmente, y se dio cuenta de que él tenía una cara de pena, pero con una determinación para hacer algo, y no se hizo esperar aquella determinación. Luego de saludarse, él sin ningún rodeo confesó lo que sentía, la amaba profundamente, pero se mostraba impotente ante la idea de separarse, ya que dentro de poco tendría que viajar a Bucaramanga para comenzar una nueva vida, sin embargo, él en un impulso por no dejar que aquella oportunidad se le escapara de las manos, propuso que se fueran juntos a la ciudad. Para mí, dice mi abuela, fue emocionante y triste, ya que saber que alguien sentía tanto por mí me hacía feliz, pero el tener que rechazar por temor a desobedecer a mi padre me frustraba. Así que, inevitablemente lo rechazó, aunque en el fondo de su corazón, también amaba fervientemente.
Pasaron varios días sin verlo, y al cabo de una semana, cuando ella estaba en casa, y antes de irse a dormir, salió un momento a la puerta de la casa, solo a observar quién pasaba por ahí, y allí al otro lado de la calle estaba él, montado en una cicla, esperando. Ella con una cara de extrañeza, cruzó la calle, y él de un impulso y sin saludar, le dio un beso. Le dijo que estaba allí por ella, que estaba esperando una respuesta, y que tenía toda la esperanza del mundo en que todo saldría como los dos querían.

El dejarlo todo por amor fue una idea que pasó por su cabeza, y así fue, de una forma que quizá solo pase en los libros, o en las películas, ella se subió en el tubo central de la cicla, y él con la voluntad de un futuro próspero pedaleó con fuerza, con valor, con determinación, con amor.

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